¿Se podrá aprender la empatía?




Encuentro una y otra vez la necesidad de trabajar este tema en el consultorio con los pacientes: la empatía.

 -No entiendo porqué se enojó cuando llegó del supermercado y me encontró mirando televisión. Me dice un paciente refiriéndose a su esposa.

- No será, que capaz, estaba esperando que la ayudaras con las bolsas o tan solo estaba esperando un: ¿te ayudo con algo mi vida? Le respondí….

Parecerá algo obvia mi respuesta para algunas personas, pero para otras no. Incluso mi paciente se quedó mirándome con cara desconcertada y me dijo: ah, no lo había pensado.

Partamos del principio…

¿Qué es la empatía? 

Es la capacidad cognitiva que nos permite entender emocionalmente lo que le pasa a la otra persona y sus motivaciones, es decir poder ponerse en el lugar del otro, poder comprender que siente, que piensa. Forma parte del conjunto de capacidades que conforman para Gadner la inteligencia emocional y que él llama inteligencia interpersonal.

No es algo fácil, y es imposible estar en la cabeza de los demás, pero sí se puede leer los gestos, las actitudes, lo corporal.

 Hay personas que cuentan con este recurso, lo cual le facilita para tener buena comunicación y lograr buenas relaciones interpersonales, y para poder captar las necesidades ajenas y actuar en consecuencia.

Muchas veces la falta de empatía lleva a la confusión de mensajes y al conflicto, y muchas discusiones se evitarían si todos contáramos con esta capacidad.

Pero es verdad que hay otras personas que no cuentan con la misma, e incluso ni saben que existe esta capacidad.

Cuando entendemos al otro sinceramente podemos elegir la manera más adecuada de presentarle nuestra forma de ver las cosas y trasmitirle de mejor manera nuestro mensaje, por lo cual la comunicación será más fácil. La misma cosa se puede decir de muchas maneras y una misma situación puede ser vivida de forma diferente.

Una persona empática puede ser flexible y entiende que no existe un único punto de vista en un debate, lo cual no quiere decir que no defienda su posición, ni su idea. Es decir, ser empático no es estar de acuerdo con lo que piensa el otro sino poder comprenderlo emocionalmente.

Yo me pregunto: ¿Se puede desarrollar la empatía? ¿Se puede aprender a ser empático? Yo creo que sí y apuesto a eso, pero requiere del deseo de desarrollarla, de práctica y de un trabajo personal para lograrlo.
Y fundamentalmente aprender a escuchar y estar atento a los mensajes verbales y no verbales de nuestros interlocutores.

Algunas preguntas que uno se puede hacer para practicar son:

 -¿Que me pasaría a mí si estuviera en su lugar, en ese contexto o situación?, ¿que sentiría? ¿Qué pensaría?

- ¿De que otra forma se puede ver esta situación?

 ¿Practicamos la empatía?

¿Dónde están las monedas?


El cuento de nuestros Padres
Joan Garriga

En una noche cualquiera, una persona, de la que no sabemos si es un hombre o una mujer, tuvo un sueño. Es un sueño que todos tenemos alguna vez. Esta persona soñó que en sus manos recibía unas cuantas monedas de sus padres. No sabemos si eran muchas o pocas, si eran miles, cientos, una docena o aún menos. Tampoco sabemos de qué metal estaban hechas, si eran de oro, plata, bronce, hierro o quizá de barro.


Mientras soñaba que sus padres le entregaban estas monedas, sintió espontáneamente una sensación de calor en su pecho. Quedó invadida por un alborozo sereno y alegre. Estaba contenta, se llenó de ternura y durmió plácidamente el resto de la noche.

Cuando despertó a la mañana siguiente, la sensación de placidez y satisfacción persistía. Entonces, decidió caminar hacia la casa de sus padres. Y, cuando llegó, mirándolos a los ojos, les dijo:

— Esta noche habéis venido en sueños y me habéis dado unas cuantas monedas en mis manos. No recuerdo si eran muchas o pocas. Tampoco sé de qué metal estaban hechas, si eran monedas de un metal precioso o no. Pero no importa, porque me siento plena y contenta. Y vengo a deciros gracias, son suficientes, son las monedas que necesito y las que merezcoAsí que las tomo con gusto porque vienen de vosotros. Con ellas seré capaz de recorrer mi propio camino.



Al oír esto, los padres, que como todos los padres se engrandecen a través del reconocimiento de sus hijos, se sintieron aún más grandes y generosos. En su interior sintieron que aún podían seguir dando a su hijo, porque la capacidad de recibir amplifica la grandeza y el deseo de dar. Así, dijeron:


— Ya que eres tan buen hijo puedes quedarte con todas las monedas, puesto que te pertenecen. Puedes gastarlas como quieras y no es necesario que nos las devuelvas. Son tu legado, único y personal. Son para ti.
Entonces este hijo se sintió también grande y pleno. Se percibió completo y rico y pudo dejar en paz la casa de sus padres. A medida que se alejaba, sus pies se apoyaban firmes sobre la tierra y andaba con fuerza. Su cuerpo también estaba bien asentado en la tierra y ante sus ojos se abría un camino claro y un horizonte esperanzador.
Mientras recorría el camino de la vida, encontró distintas personas con las que caminaba lado a lado. Se acompañaban durante un trecho, a veces más largo o más corto, otras veces estaban con él durante toda la vida. Eran sus socios, sus amigos, parejas, vecinos, compañeros, colaboradores e incluso sus adversarios. En general, el camino resultaba sereno, gozoso, en sintonía con su espíritu y su naturaleza personal. Tampoco estaba exento de los pesares naturales que la vida impone. Era el camino de su vida.
De vez en cuando esta persona volvía la vista atrás hacia sus padres y recordaba con gratitud las monedas recibidas. Y cuando observaba el transcurso de su vida, miraba a sus hijos o recordaba todo lo conseguido en el ámbito personal, familiar, profesional, social o espiritual, aparecía la imagen de sus padres y se daba cuenta de que todo aquello había sido posible gracias a lo recibido de ellos y que con su éxito y logros les honraba.
Se decía a sí mismo«No hay mejor fertilizante que los propios orígenes», y entonces su pecho volvía a llenarse con la misma sensación expansiva que le había embargado la noche que soñó que recibía las monedas.


Sin embargo, en otra noche cualquiera, otra persona tuvo el mismo sueño, ya que tarde o temprano todos llegamos a tener este sueño. Venían sus padres y en sus manos le entregaban unas cuantas monedas. En este caso tampoco sabemos si eran muchas o pocas, si eran miles, unos cientos, una docena o aún menos. No sabemos de qué metal estaban hechas, si de oro, plata, bronce, hierro o quizás de barro…

Al soñar que recibía en sus manos las monedas de sus padres sintió espontáneamente un pellizco de incomodidad. La persona quedó invadida por una agria inquietud, por una sensación de tormento en el pecho y un lacerante malestar. Durmió llena de agitación lo que quedaba de noche mientras se revolvía encrespada entre las sábanas.



Al despertar, aún agitada, sentía un fastidio que parecía enfado y enojo, pero que también tenía algo de queja y resentimiento. Quizá lo que más reinaba en ella era la confusión y su cara era el rostro del sufrimiento y de la disconformidad. Llena de furia y con un ligero tinte de vergüenza, decidió caminar hacia la casa de sus padres.



Al llegar allí, mirándolos de soslayo les dijo:

— Esta noche habéis venido en sueño y me habéis dado unas cuantas monedas. No sé si eran muchas o pocas. Tampoco sé de qué material estaban hechas, si eran de un metal precioso o no. No importa, porque me siento vacía, lastimada y herida. Vengo a decirles que vuestras monedas no son buenas ni suficientes. No son las monedas que necesito ni son las que merezco ni las que me corresponden. Así que no las quiero y no las tomo, aunque procedan de ustedes y me lleguen a través vuestro. Con ellas mi camino sería demasiado pesado o demasiado triste de recorrer y no lograría ir lejos. Andaré sin vuestras monedas.

Y los padres que, como todos los padres, empequeñecen y sufren cuando no tienen el reconocimiento de sus hijos, aún se hicieron más pequeños. Se retiraron, disminuidos y tristes, al interior de la casa. Con desazón y congoja comprendieron que todavía podían dar menos a este hijo porque ante la dificultad para tomar y recibir, la grandeza y el deseo de dar se hacen pequeñas y languidecen. Guardaron silencio, confiando en que, con el paso del tiempo y la sabiduría que trae consigo la vida, quizá se pudieran llegar a enderezar los rumbos fallidos del hijo.
Es extraño lo que ocurrió a continuación. Después de haber pronunciado estas palabras ante los padres en respuesta a su sueño, este hijo se sintió impetuosamente fuerte, más fuerte que nunca. Se trataba de una fuerza extraordinaria. Se había encarnado en él la fuerza feroz, empecinada y hercúlea que surge de la oposición a los hechos y a las personas. No era una fuerza genuina y auténtica como la que resulta del asentimiento a los hechos y que está en consonancia con los avatares de la vida, pero la fuerza era intensa.
Sin ninguna serenidad interior, aquella persona abandonó la casa de los padres diciéndose a sí misma:

— Nunca más.

Impetuosamente fuerte, pero también vacía, huérfana y necesitada, aún queriéndolo y deseándolo, no lograba alcanzar la paz.

A medida que la persona se alejaba de la casa de sus padres sentía que sus pies se elevaban unos centímetros por encima de la tierra y que su cuerpo, un tanto flotante, no podía caerse por su propio peso real. Pero lo más relevante ocurría en sus ojos: los abría de una manera tan particular que parecía que miraba siempre lo mismo, un horizonte fijo y estático.
La persona desarrolló una sensibilidad especial. Así, cuando encontraba a alguien a lo largo de su camino, sobre todo si era del sexo opuesto, esta sensibilidad le hacía contemplarlo con una enorme esperanza, la que, sin darse cuenta le llevaba a preguntarse:

— ¿Será esta persona la que tiene la monedas que merezco, necesito y me corresponden, las monedas que no tomé de mis padres porque no supieron dármelas de la manera justa y conveniente? ¿Será esta la persona que tiene aquello que merezco?
Si la respuesta que se daba a si misma era afirmativa, resultaba fantástico. A esto, algunos lo denominan enamoramiento. En esos momentos sentía que todo era maravilloso. No obstante, cuando el enamoramiento acababa convirtiéndose en una relación y la relación duraba lo suficiente, la persona generalmente descubría que el otro no tenía lo que le faltaba, aquellas monedas que no había tomado de sus padres.

— ¡Qué pena!, se decía y se quejaba amargamente de su mala suerte, culpando al destino de ello.
A esto lo llaman desengaño y esta persona se sentía sometida a un tormento emocional que tomaba la forma de desesperación, desazón, crisis, turbulencia, enfado, frustración...

Por suerte, o no, en este momento podía estar esperando a un hijo y la desazón se volvía más dulce y esperanzadora, más atemperada. Entonces la pregunta volvía a su inconsciente:

— ¿Será este hijo que espero, tan bienamado, quien tiene las monedas que merezco, que necesito y que me corresponden y que no tomé de mis padres porque no supieron dármelas de la manera justa y conveniente? ¿Será este ser el que tiene aquello que merezco?

Cuando se contestaba de nuevo que sí, era maravilloso, formidable y empezaba a sentir un vínculo especial con ese hijo, un vínculo asombroso, muy estrecho, lleno de expectativas y anhelos.
Pero si pasa el tiempo suficiente la mayoría de los hijos desean tener una vida propia y saben que tienen propósitos de vida propios e independientes de sus padres. Entonces, aunque aman a sus padres y desean hacer lo mejor para ellos, la presión de tener vida propia resulta exigente, imperiosa y tan arrolladora como la sexualidad.
Así es como, de nuevo, esta persona comprende un día que tampoco su hijo tiene las monedas que necesita, merece y le corresponden. Sintiéndose más vacía, huérfana y desorientada que nunca entra en crisis y desesperación. Enferma. Ahora tiene entre 40 y 50 años, la fase media de la vida. Ahora ningún argumento la sostiene ya, ninguna razón la calma. Es su "cata-crac" y grita:

— ¡A Y U D A!

¡Hay tanta urgencia en su tono de voz! ¡Su rostro está tan desencajado! Nada la calma, nada puede sostenerla.

Y… ¿qué hace? Va al terapeuta.

El terapeuta la recibe pronto, la mira profunda y pausadamente y le dice:

 Yo no tengo las monedas.

Hay dos clases de terapeutas: los que piensan que tienen las monedas y los que saben que no las tienen.
El terapeuta ha visto en sus ojos que sigue buscando las monedas en el lugar equivocado y que le encantaría equivocarse de nuevo. El terapeuta sabe que las personas quieren cambiar, pero les cuesta dar su brazo a torcer, no tanto por dignidad sino por tozudez y costumbre.
Él piensa"Amo y respeto mejor a mis pacientes cuando puedo hacerlo con sus padres y con su realidad tal como es. Los ayudo cuando soy amigo de las monedas que les tocan, sean las que sean."

El terapeuta añade: "Yo no tengo las monedas pero sé dónde están y podemos trabajar juntos para que también tú descubras dónde están, cómo ir hacia ellas y tomarlas."

Entonces el terapeuta trabaja con la persona y le enseña que durante muchos años ha tenido un problema de visión, un problema óptico, un problema de perspectiva. Ha tenido dificultades para ver claramente. Sólo se trata de eso.
El terapeuta le ayuda a reenfocar y a modular su mirada, a percibir la realidad de otra manera, desde una perspectiva más clara, más centrada y más abierta a los propósitos de la vida. Una manera menos dependiente de los deseos personales del pequeño yo que trata de gobernarnos.
Un día, mientras espera a su paciente, el terapeuta piensa que está listo y que debe decirle, por fin y claramente, dónde están las monedas. Y este mismo día, como por arte de birlibirloque, llega el paciente. Tiene otro color de piel, las facciones de su rostro se han suavizado y comparte su descubrimiento:

 Sé dónde están las monedas. Siguen con mis padres.

Primero solloza, luego llora abiertamente. Después surge el alivio, la paz y la sensación de calor en el pecho. ¡Por fin!
Durante el trabajo terapéutico ha atravesado las purulencias de sus heridas, ha madurado en su proceso emocional y ha reenfocado su visión. Ahora se dirige de nuevo, como lo hizo hace tantos años atrás a la casa de sus padres.
Los mira a los ojos y les dice:

— Vengo a deciros que estos últimos diez, veinte o treinta años de mi vida he tenido un problema de visión, un asunto óptico. No veía claramente y lo siento. Ahora puedo ver y vengo a deciros que aquellas monedas que recibí de vosotros en sueños son las mejores monedas posibles para mí. Son suficientes y son las monedas que me corresponden. Son las monedas que merezco y las adecuadas para que pueda seguir. Vengo a daros las gracias. Las tomo con gusto porque vienen de vosotros y con ellas puedo seguir andando mi propio camino.

Ahora los padres, que como todos los padres se engrandecen a través del reconocimiento de sus hijos, vuelven a florecer y el amor y la generosidad fluyen de nuevo con facilidad. Así el hijo ahora es plenamente hijo, porque puede tomar y recibir.

Los padres le miran sonrientes, con ternura y contestan:

— Ya que eres tan buen hijo puedes quedarte con todas las monedas, puesto que te pertenecen. Puedes gastarlas como quieras y no es necesario que nos las devuelvas. Son tu legado, único, propio y personal, para ti. Puedes tener una vida plena.

Ahora este hijo se siente grande y pleno. Se percibe completo y rico y puede, por fin, dejar la casa de los padres con paz. A medida que se aleja siente sus pies firmes pisando el suelo con fuerza, su cuerpo también está asentado en la tierra y sus ojos miran hacia un camino claro y un horizonte esperanzador.

Resulta extraño: ha perdido esa fuerza impetuosa que se nutría del resentimiento, del victimismo o del exceso de conformidad. Ahora tiene una fuerza simple y tranquila, una fuerza natural.

Recorriendo el camino de su vida encontraba con frecuencia otra personas con las que caminaba lado a lado como acompañantes durante un trecho, a veces largo, a veces corto, a veces durante toda la vida. Socios, amigos, parejas, vecinos, compañeros, colaboradores, incluso adversarios. En general se trataba de un camino sereno, gozoso, en sintonía con su espíritu y con su naturaleza personal. Tampoco estaba exento de los pesares naturales que la vida impone. Era el camino de su vida.

Un día se acercó a la persona de la que se enamoró pensando que tenía las monedas y también le dijo:
— "Durante mucho tiempo he tenido un problema de visión y ahora que veo claro te digo: Lo siento, fue demasiado lo que esperé. Fueron demasiadas expectativas y sé que esto fue una carga demasiado grande para ti y ahora lo asumoMe doy cuenta y te libero, para que los dos podamos seguir nuestros verdaderos caminos. Gracias. Ahora tengo mis propias monedas."

Otro día va a sus hijos y les dice:

— Podéis tomar todas las monedas de mí, porque yo soy una persona rica y completa. Ahora que he tomado las mías de mis padres. Entonces los hijos se tranquilizan y se hacen pequeños respecto a él y están libres para seguir su propio camino tomando sus propias monedas.
Al final de su largo camino se sienta y mira aún más allá. Hace un repaso a la vida vivida, a lo amado y a lo sufrido, a lo construido y a lo maltrecho. A todo y a todos logra darles un buen lugar en su alma. Los acoge con dulzura y piensa:

— Todo tiene su momento en el vivir: el momento de llegar, el momento de permanecer y el momento de partir. Una mitad de la vida es para subir la montaña y gritar a los cuatro vientos: "Existo". Y la otra mitad es para el descenso hacia la luminosa nada, donde todo es desprenderse, alegrase y celebrar.
La vida tiene sus asuntos y sus ritmos sin dejar de ser el sueño que soñamos.



(*) Fuente: Joan Garriga Bacard: Psicólogo, especializado en Terapia Humanista, Gestalt, PNL, se formó en Terapia lntegrativa con Claudio Naranjo. En 1999 introdujo a Bert Hellinger y su trabajo sobre las "Constelaciones Familiares" en España. Actualmente es uno de los principales exponentes de esa línea terapéutica en España y Latinoamérica, donde imparte numerosos talleres. Codirige el lnstitut Gestalt de Barcelona.

La adicción virtual



Ha comenzado a ser causa de consulta una suerte de adicción virtual que encierra a los jóvenes frente a las computadoras, distorsionando, en el discurso corriente, los rangos de normalidad de las generaciones precedentes en cuanto al lazo social. La llamada “adicción a Internet” no figura como diagnóstico en el DSM IV (manual de amplio uso en psiquiatría) ya que, de acuerdo con sus parámetros, siempre se precisa una sustancia química para definir una adicción. Sin embargo, se podría asociar esta “adicción” con un trastorno compulsivo que oculta un comportamiento depresivo y hostil frente a lo social. En todo caso, para el psicoanalista, la adicción se define en otros términos: aquella sustancia bien podría estar excluida y ser reemplazada por la computadora, ubicada en la posición del líder que seduce a la masa.
El saber otorgado por el sustituto de la sustancia es excluyente de todo partenaire que no declare una identidad de percepción vivencial: en terapias grupales cuyos referentes son líderes que transitaron por idénticos trastornos, éstos son los únicos que podrían tener palabra autorizada en el tiempo en que se plantea una abstinencia.
A diferencia del toxicómano, que sí podría tener una conducta social, el adicto virtual realiza su lazo fundamentalmente a través de los juegos en red, y es imposible que detecte por sí mismo algún tipo de inconveniente en su proceder, ya que no hay sustancia prohibida ni ley que lo juzgue.
Tal vez los efectos generados en la escolaridad sean los más llamativos para los padres, que entonces comienzan a tomar conciencia de un supuesto problema. El psicoanalista en la consulta se encuentra habitualmente con un inocente, o mejor dicho con una mente virginal, que ni sueña con dejar su adorado entretenimiento. La abstinencia entonces es el primer obstáculo, por la angustia súbita que genera la falta del elemento que se juzga imprescindible, falta que borra esa inocencia inefable.
Por su parte, los padres creen que la suspensión del juego es una tarea inmediata que se resuelve con prohibiciones o impedimentos en el uso de la computadora. De la misma manera, cualquier familiar de un paciente psicótico cree que el analista tiene el poder de prohibir el delirio. Es común entre familiares de pacientes psicóticos la disconformidad con el psicoanalista que no plantea la falsedad de los argumentos delirantes o alucinatorios, en una suposición mágica como la que se otorga al encantador de serpientes o al que sopla y hace botellas.
Plantear que no habría que prohibir el uso de la computadora es el primer paso para lograr que el adicto virtual finalmente pueda entrar en discurso, en tanto su juego determina un goce. Para definir goce, me parece una buena manera plantearlo como un soporte mental de actos destinados a producir su propio fracaso. Porque no habría goce que, a fin de cuentas, no tienda a su extinción, en la medida en que cualquier actividad humana tiene un tope a la satisfacción con la que se puede alimentar.
Supongamos ahora una adicción cualquiera, por ejemplo un postre que decidamos degustar por siempre. En un primer tiempo, la satisfacción va a ser obvia. En un segundo tiempo, la satisfacción pertenece a la elección, ya que, siendo el postre que a uno más le apetece, pasa a ser el significante que lo representa en tanto goce. En un tercer tiempo, después de una suerte de declaración de impotencia, ese goce fracasa porque produce rechazo. En este último tiempo ya nos encontramos en contacto con la punta de lo real: el individuo tiende a preguntarse qué sentido tiene estar enfrascado en algo que le provoca aversión. En el trato de la aversión se encuentra la posibilidad de un nuevo sentido a través de una identificación rechazada.
En la adicción virtual, mientras no haya discurso estamos en tiempos preliminares, pero no por ello tendría que haber renuncia a iniciar una escucha que, tarde o temprano, impondrá las consecuencias de una culpabilidad por el acto en cuestión. Estos tiempos habrá que saberlos esperar en el contacto con el adicto virtual, y no se podrían producir si los padres del joven o la joven no acordaran con la necesaria imposibilidad de una abstinencia al juego virtual que consume la vida de sus hijos.
Esto implica dos hechos: el primero es hacer de contención a la hostilidad de los padres, que esperan eficiencia y rapidez; el segundo es disponer de una ubicación teórica del momento en el que se encuentra quien se satisface o ya goza del juego, para, por fin, crear el vacío necesario en el sujeto, al crear un corte primero entre verdad y palabra.
El “estadio del espejo”, desarrollado por Lacan, es apropiado para comenzar a considerar el problema. El infans, el niño pequeño, toma de su imagen virtual en el espejo la posibilidad de unidad que va a dar sentido a su cuerpo, pero no sin el asentimiento de un partenaire adulto que lo sostenga. El infans se registra en el espejo como imagen virtual y también ve la impronta del partenaire reflejada, estableciendo una identidad con él en la imagen conjunta que habita el espejo. Esa identidad virtual es causa de júbilo: porque uno y otro, infans y adulto, se encuentran en la misma dimensión virtual que los une.
Quienes se presentan con una adicción virtual podrían ser considerados con alguna alteración de este estadio del espejo. La vigencia de ese estadio es de circulación permanente en hechos de lo real de la vida de cualquier ser hablante: pero supongamos que ha habido una detención permanente en ese momento de júbilo, y llamemos a eso adolescencia virtual.

Salir de la compu

La virtualidad de hoy parece haber excluido a los líderes. Al menos esta adicción virtual a los juegos y a Internet propone un campo de concentración placentero, por la comodidad de la propia casa o del ciberespacio. Con esto pretendo proponer que la virtualidad otorga un liderazgo desplazado hacia la primacía del objeto que ha instaurado la ciencia, y que ya hace soñar a muchos con todo tipo de robots.
En el film Sleeper (El dormilón), de Woody Allen (1968), el protagonista es despertado en un futuro lejano pleno de una vida robotizada, luego de la crioconservación de su cuerpo. Cuando le explican la cantidad de hechos que los robots sirvientes realizan, el sleeper pregunta si se podría tener sexo con las mujeres robots, frotándose las manos con la intensidad propia de un festín autoerótico. El mundo virtual de las computadoras encierra una variable del autoerotismo, siempre en búsqueda de la originalidad que sostenga la diferencia con las generaciones que precedieron.
La adicción virtual, entonces, no es más que la reedición de un lazo intersubjetivo, reemplazando con el Uno virtual la univocidad del líder, descripto como Ideal de Yo por Freud en Psicología de las masas y análisis del yo. La dirección de la cura podría entonces orientarse tomando en cuenta la coagulación de un instante virtual que encierra al sujeto frente a la fascinación del Ideal de Yo.
¿Qué demanda encierra un sujeto atrapado en el juego virtual? En principio, se desconoce. Para cada quien habrá alguna demanda que podrá formularse en el curso de un análisis. Y los síntomas que se generen a través de su encuentro serán variados, de acuerdo con las identificaciones edípicas que puedan desarrollarse.
Pero, si no se ha caído en el prejuicio de prohibir al adicto virtual el uso de la computadora, si se preserva su posibilidad de continuar con el juego de computación, aparece un interesante efecto ligado al síntoma. Cada dificultad, cada obstáculo en el juego que es preciso dominar con la insistencia de un proceder, refiere una superación del que juega, ligada a la obtención de una satisfacción, tal cual el sentido alimenta el síntoma en el discurso. Ahora bien, sucede que, de tanto jugar, consigue un efecto: con la persistencia desaparece la obtención de satisfacción, porque se logra superar cada uno de los obstáculos.
Más allá de que pueda cambiarse el juego, llega un momento en el que –a diferencia de lo que sucede en el juego por dinero– la satisfacción desaparece y surge una especie de impotencia frente al tiempo perdido. Es decir, el que agota su goce en la incorporación de satisfacción se encuentra con lo real a secas, que produce aversión, de manera equivalente a como el síntoma se impone en el discurso: concreto y con la necesidad de ir en contra de ello.
Los personajes fantásticos que se crean en el juego no son, por otra parte, más que los mismos que la fantasía desarrolla detrás de los líderes de masas, hasta que se pierden en la irrealidad que propone la virtualidad frente a la vida. No habrá que esperar, entonces, sino hasta que se agote el efecto de una satisfacción que, tarde o temprano, fracasa, si el que juega puede analizar el porqué de su exagerada dependencia al líder que su personaje fantástico encierra.
Habrá que lograr salir de las computadoras, si es que podemos esperar algo de un futuro sin campo de concentración, aunque ese campo sea cada vez menos peligroso para la vida, ya que, como juego, no tendría por qué matar a nadie, salvo alguna excepción que pretenda instaurar un record de permanencia.
 Por Daniel Paola Presidente de la Escuela Freudiana de Buenos Aires. Texto extractado del artículo “La adicción virtual”, publicado en la revista Psicoanálisis y el Hospital, Nº 37, “La adolescencia hoy”, de reciente aparición.

Aquellos viejos sabios


Marco Tulio Cicerón (106-43 a.C.) escribió, ya en su madurez, el diálogo Catón el mayor o sobre la vejez. En él señala que todos los seres humanos quieren llegar a viejos, pero todos se quejan de haber llegado. Cicerón dice que muchos que han alcanzado la vejez le hacen reproches a ésta, se lamentan de haberla alcanzado, y que esto no sería más que una gran necedad. La actitud de reproche a la vejez se basaría en la imposibilidad de comprender las características propias de cada etapa de la vida. Renegar de la vejez significa renegar de la naturaleza y de la vida misma. Cicerón sugiere valorar cada etapa en función de ella misma y no con relación a otro momento vital: cada una de ellas tendría lo suyo y de nada sirve reclamarle lo que no puede ofrecer. Desde el punto de vista psicológico, el pensamiento de Cicerón respecto de la vejez es totalmente compatible con los ciclos vitales que propone Eric Erickson (El ciclo vital completado, ed. Paidós), si bien se define más bien como una ética o una subjetivación. En definitiva, se trata de aceptar el final de la vida, como acto último.

El Catón formula una preparación para la vejez, pero no en tanto resignación ante las pérdidas, sino como un estadio más bien grávido de existencia. La pérdida de placer que se le achaca a la vejez no es propiedad de ésta: si así fuera, todos los mayores se lamentarían, pero muchos no se quejan, no pierden esa capacidad. La responsabilidad no es de la vejez, sino de una vida mal vivida, o de ciertas costumbres que no pueden sostenerse en el envejecimiento. Cicerón introduce en esto el tema de las virtudes: quien ha trabajado suficientemente consigo mismo no cae en esa posición de lamento inconsolable al envejecer. Falsas creencias o prejuicios disimulan una vida vivida sin virtud.

Cicerón relativiza que la edad pueda ser problema, en comparación con el énfasis puesto en la subjetivación ética y el cultivo de las virtudes a lo largo de los distintos momentos de la vida: la conciencia de una vida bien vivida y el recuerdo de buenas acciones realizadas son, para él, elementos de máxima importancia en la vejez. Se desprende de esto que una vida mal vivida posee más riegos de finalizar de forma depresiva.

Cicerón valoriza la experiencia anímica de los que han vivido muchos años, y aquí se marca un contraste entre la cultura del Catón y el mundo actual. Para Cicerón, los mayores también tienen asuntos sociales y políticos que atender y lo hacen de manera diferente que los jóvenes; acciones importantes que no requieren celeridad, sino prudencia y reflexión, funciones que suelen desarrollarse con el envejecimiento. El lugar común de la vejez débil o dulce contrasta con esos hombres cargados de años y poderosos que toman decisiones enérgicas y temibles, como declarar una guerra.

La capacidad intelectual de muchos adultos mayores es superior a la de muchos jóvenes. Cicerón explica que la pérdida de la memoria en el envejecimiento se evita ejercitándola, y el ejemplo al que recurre parece una ironía: conviene leer epitafios, lo cual, además de ejercitar la memoria, renueva el recuerdo de los muertos. El epitafio representa también la rememoración de personalidades y acontecimientos significativos, una memoria social y cultural. En realidad, ni el viejo ni nadie recuerdan cosas que no despierten algún interés. Quizás el cuidado de la memoria responde más a esa práctica selectiva de la historia afectiva de cada uno. Cicerón remarca la diferencia entre simple recuerdo y reminiscencia, entendida ésta como recuerdo cargado de afecto y significación, que hace a la integridad del sujeto. En los adultos mayores la memoria tiene características reminiscentes, antes que la acumulación de información que sería más propia del joven.

Cicerón señala el riesgo que conlleva considerar incapaz al adulto mayor, un problema antiguo y muy vigente. Cicerón relata el caso de Sófocles, quien en su ancianidad fue acusado de incapaz por su hijos porque, descuidando su fortuna, se dedicaba a escribir tragedias; llevado a juicio para que se lo apartara de la administración de sus bienes, recitó ante los jueces Edipo en Colona, preguntó si esa obra parecía escrita por un incompetente y los jueces le dieron la razón. Cicerón dice también que, en otros niveles sociales y económicos, los adultos mayores trabajan con ahínco en cosas que personalmente no los favorecen como donación a las generaciones venideras: el viejo agricultor siembra para los descendientes como un compromiso cultural y social, un cuidado del mundo.

La desculpabilización y la desmitificación de la vejez organizan el Catón. Muchas veces hacemos de la vejez el chivo emisario de una serie innumerable de reproches que, en el fondo, están dirigidos a la vida. La mayoría de los problemas de la senectud, su imagen caricaturesca como indolente y adormecida, no serían más que sus defectos, del mismo modo que la soberbia y la lujuria lo serían de la juventud.

El Catón valoriza la reunión de amigos y las charlas bajo la modalidad romana del banquete, que era la expresión máxima de la voluptuosidad; Cicerón destaca en él el convivium, la comunidad de vida. Es posible disfrutar de banquetes prolongados, no sólo con los coetáneos, sino con las generaciones más jóvenes. El placer está más puesto en la conversación que en la bebida o los manjares, sin que eso signifique que la vejez carezca de sensibilidad a estos placeres u otros lujuriosos. La capacidad sublimatoria de disfrute en el convivium señala los placeres del animus, de la psiquis, como un modo de evitar el aislamiento.

Pero es el prestigio, la auctoritas, como dice Cicerón, la corona de la vejez; especialmente cuando recibe honores, tiene más valor que todos los placeres de la juventud. El prestigio, reconocido por todos, incluso trasciende la muerte. La auctoritas se parece a un narcisismo sostenido a través del reconocimiento comunitario, pero se construye, según el Catón, desde la adolescencia, a lo largo de una trayectoria de vida. No todas las ciudades de la antigüedad honraban la auctoritas de la vejez: Cicerón consigna que Esparta era la mejor residencia, mientras que en Atenas sucedía que, si un viejo entraba al teatro, nadie le cedía el asiento, en un acto adrede de injusticia. La auctoritas se confirma desde la cultura, desde el reconocimiento grupal, desde el lugar que la comunidad le hace a la vejez. En rigor, la noción de este último alimento narcisista revierte la base naturalista del placer, ya que está en el límite de la dependencia del otro, del poder que el otro otorga.

En la actualidad, la demanda de ese placer máximo por parte de los adultos mayores choca con una sociedad que no se refleja históricamente en ellos; se transforman en desechos culturales, dejados a la vera del camino del incremento de la velocidad tecnológica. Como producto de los avances tecnológicos, llegar a viejo se ha convertido en una posibilidad masiva, pero se ha disuelto el sentido que tenía, en la antigüedad, como último acto. La longevidad ha reemplazado a la vejez.

La cercanía de la muerte, por otro lado, figura entre las condiciones que hacen desafortunado el proceso de envejecimiento, pero Cicerón (como todos los estoicos) piensa que la muerte debe ser despreciada o resultar indiferente, tanto si se extingue el animus o no, pues en este último caso debería desearse; para Cicerón, no hay otra posición posible con relación a la muerte aparte del desprecio, la indiferencia o el deseo de ella. En la muerte, según Cicerón, no hay nada que temer, ya que o bien en ella finaliza el ser o bien mora la felicidad. De todas maneras, la inminencia de la muerte comprende a todo ser humano vivo y no sólo a los que han envejecido; la muerte es común a toda edad, con la diferencia de que el joven espera vivir muchos años, mientras que el anciano no. Cicerón afirma que el adulto mayor está en mejor situación que el joven porque ha conseguido lo que aquél espera. En realidad, en tanto el fin existe, nada puede tenerse como demasiado duradero. Uno debe contentarse con el tiempo que le ha sido dado para vivir, pero no como un a priori, sino como aceptación de la finitud de la vida. Este tiempo particular y subjetivo (como el del inconsciente) no tolera la cuantificación cronológica que finaliza con la muerte. El desprecio estoico de ésta se debe a que el valor máximo se pone en la vida. De este modo, la vejez no se transforma en la espera de la muerte; Cicerón no habla de una preparación para morir. Estas posiciones con relación a la muerte, despreciarla o desearla, son sacrílegas en una cultura cristiana como la nuestra, pero el estoicismo pagano convierte a la muerte en una clave de la vida; desear la muerte expresa el máximo de la autonomía del sujeto, la resolución deseada del último acto, ya sin mitología o narrativas infantiles.

* Miembro titular en función didáctica de la Asociación Psicoanalítica Argentina (APA). Textos extractados del libro inédito Psicoanálisis y envejecimiento.

Nota del Diario "Página 12". 25/8/2011